El abanico
«Dame uno negro
y aprende a respetar el luto de tu padre».
Ese abanico florido,
con flores rojas y verdes,
son las cinco hijas que sufren:
rosa, nardo, azucena, clavel y lirio.
Cinco llagas, cinco espadas,
cinco vientres doloridos.
Dibujadas como flores
en el alegre abanico.
Es la alegría pintada
como si fuera la piel
que se despliega y quiere
reír al sol,
la brisa de primavera
que entra en los pechos
para respirar profundo,
la vida de los campos
donde cantan los segadores.
Es el trigo y el prado,
el cielo y las nubes,
el río que canta
y acaricia las orillas
donde las mujeres lavan la ropa
de sus hijos y maridos.
Ellas quieren vivir,
casarse, tener hijos,
un muchacho que bajo la luna
acaricie sus cabellos.
Pero la madre lanza el abanico,
rompe las flores, corta los tallos,
cierra las puertas,
no deja entrar el viento de la calle.
Ahí donde muere el viento
somos todas las que morimos.


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