Cuando el circo llegaba al pueblo
se encontraba con la vida esperando
de unos niños que crecían entre polvo
y muñecas remendadas.
Con los ojos tan grandes
como el corazón, asistíamos
a la doma de leones abandonados
por la furia y a las acrobacias
de un ángel desterrado
sobre un trapecio sin red.
Después los payasos
nos hacían reír con su tristeza ambulante.
Al día siguiente
parecía que todo había sido un sueño.


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